Un embajador nunca regresa igual. Regresa para compartir lo que ha recibido y para ayudar a crecer a quienes partirán después de él.
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El regreso marca el final de la estancia, pero no marca el final de la misión.
Al contrario.
Durante varios meses, el embajador ha crecido, descubierto otra cultura, desarrollado nuevas competencias y sido portador de los valores de OSE.
Todo lo que ha recibido constituye ahora una riqueza que puede compartir.
Un embajador de OSE no regresa solo con recuerdos. Regresa con una experiencia que puede ayudar a otros jóvenes, fortalecer a su club y hacer crecer a toda la comunidad.
Antes de contar su estancia, el embajador se toma el tiempo necesario para comprender lo que ha vivido. ¿Cuáles fueron los descubrimientos más hermosos? ¿Qué dificultades lo hicieron crecer? ¿Qué ha aprendido sobre los demás... y sobre sí mismo?
La experiencia se vuelve fecunda cuando se transmite. El embajador se reúne con su club, su OSE País, los futuros candidatos y, cuando es posible, su centro escolar.
Cuenta su aventura con sencillez, sinceridad y humildad.
El regreso no se limita a un testimonio. El embajador aporta nuevos conocimientos sobre su país de acogida, su cultura, su deporte, su centro escolar y las buenas prácticas que ha descubierto.
Contribuye así a enriquecer la memoria colectiva de OSE.
Una vez de regreso, el embajador sigue siendo embajador. Acompaña a las nuevas promociones, responde a las preguntas de los futuros candidatos y sigue dando vida al espíritu OSE a través de su comportamiento.
Su compromiso cambia de forma, pero no se detiene.
La experiencia recibida invita naturalmente a una contribución. Cuanto más se reconoce al embajador por lo que ha vivido, mayor es su responsabilidad de contribuir al desarrollo de una comunidad más fraterna, haciendo ya partícipes a los demás de su experiencia.
Así, cada generación prepara a la siguiente.
Cuando se te confía un legado, tu obligación no es mantenerlo tal cual, sino embellecerlo.— Raoul Barrière